Hay una escena que se repite, casi idéntica, en negocios que no se conocen entre sí. Se abre una vacante. Llegan currículums. Se hacen entrevistas, a veces muchas. Y, sin embargo, semanas después la silla sigue vacía —o la ocupa alguien que, con la mejor voluntad de ambas partes, nunca termina de encajar.
La conclusión a la que es fácil llegar, repetida ya como sentencia, es que no hay talento. Conviene desconfiar de las explicaciones que se ofrecen solas.
Porque en la mayoría de los casos sí hay personas. Lo que falla es el lenguaje con el que las buscamos. Los títulos, los años de experiencia, los nombres de los cargos: ese vocabulario heredado dejó de describir con fidelidad lo que el trabajo realmente exige. Un negocio pequeño rara vez necesita “un community manager senior”; necesita a alguien capaz de entender a sus clientes, escribir con su voz y sostener una conversación sin perder el hilo. Eso es una capacidad, y una capacidad no cabe en una etiqueta.
Si el problema está en cómo nombramos el trabajo, ahí mismo empieza el remedio. Antes de publicar una vacante conviene describir no el cargo, sino el problema: qué tendrá que resolver esa persona en sus primeras semanas, con qué se la juzgará a los tres meses. Y conviene evaluar esa capacidad de manera directa. Una tarea breve y honesta revela más que cualquier lista de cursos; la disposición a aprender pesa más que el catálogo de certificados que ya se tienen.
Es el criterio sobre el que se sostiene ClicEmpleos: cruzar capacidades reales —las que el mercado pide hoy— en lugar de credenciales que envejecen, y conectar así a las personas con las organizaciones que de verdad las necesitan.
No hay escasez de personas. Hay una distancia entre lo que el sistema certifica y lo que el negocio necesita resolver.
Queda la pregunta del momento, que no es menor. Las capacidades que un negocio requiere cambian hoy más rápido de lo que cualquier plan de estudios puede actualizarse. Herramientas que hace dos años no existían son parte de la rutina; otras quedaron atrás sin aviso. Esperar a que el sistema educativo entregue el perfil exacto es esperar algo que, por su propia naturaleza, llega tarde.
Cambiar el criterio —de título a capacidad, de catálogo a problema resuelto— no es ceder a una moda, sino responder con sensatez a un mercado que ya cambió. Y conviene hacerlo ahora, porque cada contratación equivocada se paga en tiempo, en dinero y en una continuidad que un negocio pequeño no puede darse el lujo de repetir.